El 17 de noviembre de 1919, el Times de
Londres amaneció con titulares especialmente grandes y visibles : "
Revolución en la ciencia . Nueva teoría del Universo. Se derrumban las
idea de Newton ". El antiquísimo y acreditado diario anunciaba así la
aparición de una nueva y atrevida concepción del mundo que barria de un
plumazo los viejos valores del espacio y el tiempo
absolutos. Para muchos
europeos, aún traumatizados por la recien superada Gran Guerra, ello
comportaba ademas un significado todavía más profundo : sentía que estaba
llegando el fín de todas las normas absolutas, lo mismo en la moral que en
la filosofía, en la música y en la pintura. Pero el suceso que se escondía detrás de esta
conmoción mundial no era otra cosa que una simple medición astronómica.
Los científicos habían conseguido observar que la luz de las estrellas,
antes de llegar a la Tierra, describen una curva al rededor del Sol ; en
otras palabras, que el Sol dobla literalmente los rayos lumínicos que
pasan por su proximidad. Y lo que era más importante : la cuantía de esta
curvatura coincidía con la Teoria de la Relatividad General de Einstein y
no con la teoría de la Gravitación Universal de Isaac Newton.
Este último, como gran científico que era,
ya había adelantado en sus Lecciones de optica algunas especulaciones
sobre si la fuerza de la gravedad de los cuerpos celestes puede influir
sobre la luz. Pero el primero que trató seriamente la cuestion fue el
astronomo británico John Michell (1724 - 1793 ). Desde Newton se suponía
que la luz estaba compuesta de partículas o corpúsculos, por lo que
Michell dedujo, en el año 1783, que la luz sería atraída por la
gravitación del mismo modo que la materia normal. Quince años más tarde, el gran matemático frances
Pierre Simon Laplace llegó a una conclusión similar.
Las ideas de Laplace interesaron, a su vez,
a un astrónomo bávaro llamado Johann Georg von Soldner ( 1776 - 1883 ), que fue el primero en
plantearse, cien años antes de Einstein, si la gravitación puede doblar o
curvar un rayo de luz. Según sus cálculos -que hizo siguiendo las Leyes de
la Gravitación de Newton- un conjunto de partículas de luz que, procedente
de una lejana estrella, pasara rozando la superficie solar sufriría una
desviación de su trayectoria equivalente a 0,875 segundos de arco ( 3.600
segundos de arco son iguales a un grado ). El trabajo de Soldner fue publicado en 1803 en una
revista alemana de astronomía, pero por dos razones cayó rápidamente en el
olvido. En primer lugar, porque cualquier astrónomo de aquella época sabía
que un efecto tan insignificante no podía ser medido, al menos no con los
medios entonces disponibles, y en segundo lugar porque en aquellas fechas
se había puesto de moda de hablar de ondas de luz, en vez de partículas.
Los científicos imaginaban que estas ondas lumínicas se movían através de
un éter inmaterial y sin peso y, por lo tanto, no podrían sufrir
desviación alguna. En el año
1907, Einstein también se intereso por el efecto de la gravitación sobre
la luz. Por entonces acababa de formular su Principio de la Equivalencia.
Según este principio, la longitud de onda de la luz varía bajo el influjo
de la aceleración exactamente igual que bajo el influjo de la gravitación.
Pero, si esto es así, entonces la gravitación deberá influir asimismo
sobre el recorrido de un rayo de luz. En 1911, Einstein también pudo comprobar, mediante
cálculos matemáticos, que la desviación de un rayo de luz que rozara la
superficie del Sol debería ser de 0,875 segundos de arco.
El fenómeno de la equivalencia tambien
explica el fenómeno de la desviación. Pero no hace falta recurrir a
complicadas ecuaciones para imaginarse cómo una masa puede doblar un rayo
de luz que pase a su lado. Nos bastárá con realizar un experimento
imaginario que respete los postulados del Principio de la Equivalencia. En
primer lugar necesitamos dos laboratorios con paredes de cristal situados
en el Sol. En cada uno de ellos deberá situarse un observador que conozca
bien el Principio de la Equivalencia, el cual determina que los procesos
físicos que tienen lugar en un sistema de referencia en caída libre se
desarrollan exactamente del mismo modo que si no existiera ninguna
gravitación. Nuestros
laboratorios deberán tener un par de propiedades especiales. Su
construcción ha de ser pertecta, con los ángulos rectos en todas las
esquinas y sus paredes exactamente paralelas entre sí. Estas condiciones
habrán de mantenerse iguales a lo largo de todo el experimento, por lo que
necesitamos una guía que funcione sin ninguna fricción y que proporcione
libertad de movimiento vertical a los laboratorios, pero manteniéndolos
siempre paralelos. Una vez que los observadores han entrado en sus
respectivos laboratorios, los lanzamos desde la superficie solar hacia
arriba mediante unos cohetes, con la misión de interceptar un rayo de luz
que pase junto al Sol. Cuando por fin desconectamos los cohetes, los
laboratorios se encuentran en caída libre y pierden rápidamente velocidad
por efecto de la gravitación. Hemos elegido sus velocidades iniciales con
una exactitud tal, que el laboratorio número uno quede parado sobre el Sol
exactamente en el momento en que el rayo de luz penetre por su pared de
cristal izquierda. La velocidad del segundo laboratorio también será
exactamente la requerida por nuestro experimento. Deberá quedar parado
sobre el Sol un poquito más tarde, justo cuando el rayo de luz, después de
atravesar el laboratorio número uno, alcance la pared de cristal izquierda
del laboratorio número dos. El observador uno debe registrar en qué punto y con
qué ángulo ha penetrado la luz en su laboratorio. El rayo atravesacá el
laboratorio y saldrá por la pared de cristal derecha con el mismo ángulo
con que penetró por la izquierda. Al observador situado en el primer
laboratorio, esto le parecé totalmente natural, puesto que su sistema de
referencia (el laboratorio) se encuentra en caída libre y no siente
ninguna gravedad. En consecuencia, la luz se mueve en línea recta y por lo
tanto deberá formar el mismo ángulo en la pared izquierda y en la pared
derecha. El observador situado en el segundo laboratorio llegará a
conclusiones similares. También él verá que el rayo de luz entra a través
de la pared de cristal con un ángulo determinado y vuelve a salir luego
con exactamente el mismo ángulo. La sorpresa llega luego, cuando ambos laboratorios
descienden otra vez hacia el Sol y los observadores comparan sus datos.
Entonces comprueban que han medido diferentes ángulos para el rayo de luz.
El ángulo de entrada en el laboratorio dos tenía una inclinación algo
mayor hacia abajo que el ángulo de entrada en el laboratorio uno. Después
de cavilar un rato, ambos se dan cuenta de por qué esto es así.
Ciertamente, cuando les llegó el rayo de luz, ambos laboratorios se
encontraban en reposo en relación con el Sol. Sin embargo, fueron dos
momentos diferentes. Cuando el rayo de luz llegó al laboratorio dos, el
laboratorio uno ya había comenzado a caer otra vez hacia el Sol y había
alcanzado una cierta velocidad. Por lo tanto, el observador situado en el laboratorio
número dos vio cómo penetraba en su laboratorio la luz que procedía de un
sistema de referencia que se encontraba otra vez en movimiento. Por eso,
el ángulo de entrada de la luz estaba desviado hacia abajo cuando el rayo
llegó al laboratorio dos. La causa de esta aberración es un fenómeno que conoce
cualquiera que haya caminado rápidamente bajo la lluvia manteniendo en
vertical sobre su cabeza un paraguas abierto. Cuanto más rápido se mueve
uno, tanta mayor inclinación parecen tener las gotas de agua que caen, de
manera que acabamos mojándonos las canillas. También la luz está sometida
a este tipo de aberráción, sólo que la desviación es muy pequeña porque su
velocidad es muy alta. Resultado del experi'mento: el observador situado
en el laboratorio número dos afirma que el rayo de luz ha sido ligeramente
desviado hacia el Sol. Si repetimos el experimento una y otra vez a lo largo
de toda la trayectoria del rayo de luz y al final pedimos a los
observadores de ambos laboratorios que sumen todas las insignificantes
desviaciones, encontraremos que la desviación total de un rayo de luz que
pase rozando la superficie del Sol es de 0,875 segundos de arco. Así pues,
queda perfectamente claro que este valor no varía, lo mismo si lo
calculamos según la Teoría de la Gravitación de Newton -como hizo Soldner-
o según el Principio de la Equivalencia, como en este experimento
ficticio. Sin embargo, a
pesar de esta coincidencia, Einstein continuó pensando, hasta que en
noviembre de 1915 duplicó la predicción. Por aquella fecha había rematado
ya su Teoría General de la Relatividad y comprobó que las nuevas
ecuaciones daban por resultado una desviación de aproximadamente 1,75
segundos de arco. y no 0.875, es decir. justo el doble.
¿ Ocurrió esta duplicación por casualidad ?
¿ Es que estaban totalmente equivocados los cálculos anteriores ? Nada de
eso. Los cálculos estaban bien hechos, pero en ellos no se había tenido en
cuenta una circunstancia importante, que únicamente podía ser aportada por
las ecuaciones de la Teoría General de la Relatividad: la medida de la
curvatura del espacio. La Relatividad General predice que en las cercanías
de cuerpos con gravitación el espacio está curvado. Así podemos
verlo en los triángulos pequeño y grande del diagrama . El triángulo pequeño, más alejado del Sol, no está
curvado. Efectivamente la suma de sus ángulos interiores da exactamente
180 grados, igual que un triángulo normal dibujado sobre un papel. Por el
contrario, el triángulo grande aparece ligeramente curvado, según las
ecuaciones de la Relatividad General. La suma de sus ángulos da un total
de 179 grados, 59 minutos y 59,125 segundos, es decir, 180 grados menos
0,875 segundos de arco. Esto explica por qué Einstein duplicó el valor. Todos
los cálculos presentados hasta ahora, incluidos los realizados con los dos
laboratorios que se encontraban en caída libre, dieron la desviación de la
luz en relación con las líneas rectas locales. Por este motivo, ambos
laboratorios estaban acoplados el uno al otro y permanecían siempre
paralelos entre sí. Ello sería suficiente para un espacio considerado
plano. Pero la Relatividad General determina que las líneas rectas
locales, o sea las que pasan cerca del Sol, aparecen curvadas si se las
compara con aquellas otras que pasan lejos del Sol, a través del espacio
absolutamente vacío. En
este caso. la desviación también comporta 0,875 segundos de arco; por eso,
la desviación total debe ser de 1,75 segundos de arco. Un eclipse propició la primera confirmación
experimental de la Teoría General. La duplicación tuvo consecuencias
importantes, puesto que significaba que el efecto quedaba por fìn al
alcance de los instrumentos de medición disponibles. La comprobación
podría realizarse aprovechando un eclipse total de Sol, ya que entonces
también resultan visibles las estrellas situadas en las cercanías del
astro rey. La primera observación tuvo lugar en 1919, sólo tres años
después de que Albert Einstein hubiera publicado su Teoría General, y
ocurrió gracias a los esfuerzos de sir Arthur Stanley Eddington
(1882-1944). Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Eddington era uno
de los astrónomos más importantes de su tiempo. En 1916 había recibido, a
través del cosmólogo holandés Willem de Sltter, el trabajo de Einstein
sobre la Teoría General de la Relatividad. Todavía durante la guerra,
preparó una expedición .para observar el eclipse solar del 29 de mayo de 1919.
Cuatro meses después del final de la contienda dio comlenzo la aventura,
con la partida de dos grupos de expedicionarios: el equlpo de Eddington
embarcó rumbo a la isla Príncipe, frente a las costas de Guinea
Ecuatorial; un segundo equipo, bajo el mando de Andrew Crommelin, salió
para la ciudad de Sobral, en la costa norte de Brasil.
El principio de este experimento es
asombrosamente sencillo. Durante un eclípse total de Sol, la Luna cubre
completamente el disco solar, por lo que se pueden ver las estrellas
localizadas a su alrededor. Con un telescopio y una cámara de fotos, los
astrónomos tomarían fotografías del Sol oscurecido y de las estrellas que
lo rodearan. Las placas serían comparadas más tarde con otras de la misma
región del cielo, realizadas o bien medio año antes o bien medio año
después del eclipse. En estas segundas tomas el Sol se encontraría lejos
de las estrellas objeto del experimento y por tanto su gravedad no
afectaría a luz de éstas. Según los cálculos de los intrépidos astrónomos,
en las fotografías del eclipse, la estrellas cercanas al Sol, con su luz
desviada se tendrían que ver algo más alejadas del Sol respecto a astros
más lejanos que en el caso de las fotografías de referencia, donde esas
mismas estrellas aparecertán en su posición normal y verdadera, es decir,
sin sufrir desviación. Por supuesto, en esos cálculos también tuvieron en
cuenta una importante una propiedad de la desviación: ésta va siendo cada
vez más débil conforme aumenta la distancia. Sólo las estrellas que están
directamente junto al Sol pueden sufrir la prevista desviación de 1,75
segundos de arco. A una distancia diez veces mayór, el valor de la
desviación se reduce, proporcionalmente, a una décima parte. Asímismo,
hubieron de contar con los posibles errores que pudieran inducir las
turbulencias atmosféricas, problema que sólo se podía soslayar tomando el
mayor número de fotografías posible, preferentemente en un día claro, sin
vientos ni neblinas. Por
eso podemos imaginarnos el ánimo de Eddington cuando, el mismo día del
eclipse, una impresionante tormenta tropical estuvo a punto de arruinar el
experimento. A media mañana, ya casi había perdido toda esperanza. Por
fin, en el último momento, mejoró el tiempo: « A mediodía dejó de llover y
a la una y media, cuando estaba ya muy avanzado el eclipse, incluso salió
el sol ». Sin embargo, las nubes no desaparecieron del todo, y de las
dieciséis fotografías que se hicieron, sólo dos resultaron utilizables,
con un total de cinco estrellas. Con todo, la comparación de las dos
placas del eclipse solar con otra fotografía de la misma región celeste,
realizada en la Universidad de Oxford antes de la expedición, coincidió
con los cálculos aplicados a la Relatividad General : el resultado del experimento arrojó una
desviación para un rayo de luz que pase rozando el Sol de 1,6 segundos de
arco, es decir 0,91 veces la predicción de Einstein. La segunda
expedición, instalada en Sobral, pudo conseguir, gracías a unas mejores
condiciones meteorológicas, ocho placas útiles; cada una de ellas mostraba
por lo menos siete estrellas. El análisis de las fotografías proporciono
una desviación, en la inmediata proximidad del Sol, de 1,98 segundos de
arco, o sea, 1,13 veces el valor determinado por Einstein.
Algunos científicos intentaron desacreditar
a Einstein con argumentos racistas. A pesar de todas las
dificultades, las expediciones de Eddington y Crommelin significaron un
rotundo éxito para la astronomía de observación: sus resultados abrieron
las puertas a la Teoría General de la Relatividad. Por supuesto, esta
única prueba experimental fue incapaz, por sí sola, de ratificar de un
modo general y sin objeciones el edificio matemático de Einstein. Por un
lado, todavía persistían legítimas dudas científicas (que aún hoy son
matenidas por ciertos sectores), y por otro, durante el périodo de
entreguerras surgió una oposición por completo ajena a la ciencia,
fundamentada únicamente en el hecho de que Einstein fuera judío. En este
contexto volvieron a resucitarse los trabajos de Soldner, pero
afortunadamente la gran mayoría de la comunidad científica no prestó oídos
a tales argumentos racistas. En cualquier caso, los resultados de las expediciones
de 1919 a Príncipe y Sobral permitieron tomar una decisión clara entre las
tres posibilidades (ninguna desviación, desviación según Newton y
desviación según Einstein), aunque los errores de observación,
relativamente grandes, fueron motivo para repetir las mediciones. En lo
sucesivo se aprovecharían muchos eclipses solares para recabar datos más
exactos. En el año 1922 se realizaron tres expediciones, una en 1929,dos
en 1936, una en 1947 y una en 1952 El último intento data de 1973. Sorprer
dentemente, apenas si se consiguieron mejoras. Las diversas mediciones
proporcionaron valores que oscilan entre 0,75 y 1,5 veces los valores
deducidos de la Teoría General de la Relatividad. La expedición de 1973,
de todos modos consiguió una exactitud del diez por ciento.
Sin embargo, en aquellas fechas la técnica
de observación directa de la desviación de la luz ya prácticamente había
quedado superada. En el futuro, los nuevos radiotelescopios podrían
proporcionar datos mucho más exactos. Al fin y al cabo, las ondas de radio
son lo mismo que la luz visible, sólo que tienen una mayor longitud de
onda. De hecho, la Tecría de General de la Relatividad prevé la misma
desviación para cualquier onda electromagnética, independientemente de su
longitud y frecuencia. En los
años setenta entra en juego una nueva herramienta de alta precisión. El
instrumento ideal para esta tarea es el radiointerferómetro.
Consiste en una combinación de varios radiotelescopios unidos entre sí,
facultados para comprobar exactamente en qué fase - es decir en qué punto
del recorrido de crestas y valles que describen las ondas - llega la señal
electromagnética a cada uno de ellos. La diferencia de fase entre un
receptor y otro depende, en primer lugar de la dirección desde la qué
llega la onda de radio y, en segundo lugar, de la distancia entre los
telescopios, denominada línea base. Cuanto más larga sea ésta, con tanta
mayor exactitud se podrá de terminar la localización de la fuente.
El interferómetro de Owens
Valley, en California, tiene una línea base de un kilómetro de longitud;
la del Observatorio Nacional de Radio de West Virginia, 35 kilómetros. El
interferómetro fijo con la línea base más larga está compuesto por un radiotelescopio
situado en Goldstone (California) y el radiotelescopio Haystack, situado
en Wesfford (Massachusetts), entre los que media una distancia de 3.900
kilómetros. También se han probado ya líneas base intercontinentales
conectando entre sí, provisionalmente, distintos radiotelescopios. En 1992
entro en servicio el interferómetro fijo más grande del mundo, bautizado
VLBA (Very Large Baseline Array, matriz de línea base de gran longitud),
cuyos diez receptores cubrirán una distancia de más de 8.000 kilómetros,
desde Puerto Rico a Hawai, pasando por todo el continente norteamericano.
Pero para distinguir el efecto de la desviación no vale cualquier fuente
de radio, pues la mayoría de los objetos celestes emiten una radiación
demasiado dispersa. En este caso, las potentes ondas que provienen de los
cuásares resultan mucho más apropiadas. Estos objetos
interestelares se cuentan entre los más
lejanos que se conocen, con una distancia media a la Tierra del orden de
los 10.000 millones de años luz. Por ello nos parcen muy pequeños y
también por esa razón se puede determinar su posición con una gran
exactitud. Pero para realizar las mediciones que confirmen la desviación
prevista por la Teoría General se necesitan por lo menos dos cuásares
relativamente próximos entre sí y que además se encuentren cerca de la
órbita aparente del Sol. Desde luego las condiciones previas son bastante
difíciles de satisfacer. Sin embargo, para suerte de los astrofísicos,
existen dos cuásares especialmente brillantes que, en efecto, las cumplen.
Nos referimos a los bautizados como 3C 273 y 3C 279. Ambos se encuentran
entre sí a una distancia angular muy queña - recordemos que en astronomía
las distancias relativas entre dos objetos celestes se miden en grados,
minutos y segundos; de ahí que se llamen angulares - y, además. cada 8 de
octubre pasan rozando el Sol. El 3C 279 incluso desaparece por detrás de
él, mientras que el 3C 273 se le acerca hasta una distancia de nueve
grados de arco. Durante un periodo de diez días, con el 8 de octubre como
centro, la pareja de cuásares se va desplazando desde un lado del Sol
hasta el otro, pudiéndose determinar cada día la distancia angular que
media entre ellos con ayuda de un radiointerferómetro.
¿Cómo se realizaría el experimento y qué
resultados cabría esperar ?. Al principio, cuando los cuásares se hallaran
todavía muy lejos del Sol, se mediría su verdadera distancia angular, no
modificada por desviación alguna. En el transcurso de los días, conforme
se fueran acercando al Sol -el 3C 279 más que el 3C 273-, el
interferómetro comenzaría a registar los primeros signos de desviación y,
dado que su valor depende de la proximidad al Sol, las ondas de radio del
3C 279 modificarían su procedencia aparente con mucha más intensidad que
las del 3C 273. La distancia angular entre ambos comenzaría a aumentar
ahora. En el momento en que el 3C 279 rozara el borde del Sol, su
radiosehal debería ser desviada en aproximadamente 1,75 segundos de arco.
Por el contrario, las ondas de radio del 3C 273, que a la razón se
encuentraría a nueve grados de distancia y por lo tanto 35 veces más
alejado delsol que su compañero, deberían registarse con una desviación de
sólo 0,05 segundos de arco. En los días siguientes, y después de una
brusca disminución de la distancia angular al aparecer el 3C 279 de nuevo
al otro lado del Sol, a medida que el dúo de cuásares se alejara otra vez
de la órbita solar aparente, la distancia entre ellos aumentaría poco a
poco hasta alcanzar su valor primitivo. El primero de estos experimentos
tuvo lugar en 1969. Para ser más exactos, fueron incluso dos experimentos,
uno realizado con el interferómetro de Owens VaIley y el otro con el
localizado en Goldstone. Los resultados coincidieron con la
Relatividad General, aunque la exactitud - con un 10 a 15 por ciento de
tasa de error- no mejoró
respecto a las obervaciones visuales con eclipses solares. Pero éste fue
sólo un primer intento. Entre 1969 y 1975, radiotelescopios de todo el
mundo rastrearon todos los meses de octubre los movimientos de los ya
famosos cuásares, como es lógico con instrumentos cada vez más
sofisticados. La precisón de las mediciones fue mejorando progresivamente,
con tasas de error del 8, 5, 3 y finalmente 1 por ciento. Y siempre
acércandose más y más a los valores previstos por la Teoría General de la
Relatividad. Hace ahora una
década, en 1979, la investigación sobre la desviación gravitacional de las
ondas dio un nuevo y sorpresivo giro a raíz del descubrimiento del primer
cuásar doble. El objeto, incluido en el catálogo astronómico
como Q0957-561, consiste en dos cuásares separados entre sí en el
firmamento por sólo seis segundos de arco. Pero lo más sorprendente es que
ambos resultan ser sospechosamente parecidos. Los descubridores del extraño sistema de estrellas
propusieron inmediatamente una explicación: en realidad sólo existe un
cuásar, pero entre éste y la Tierra se interpone un objeto celeste de
grandes dimensiones que actúa como una gigantesca lente gravitatoria,
desviando su luz de tal modo que nosotros, desde la Tierra, creemos ver
dos cuásares. En efecto, tras una ardua búsqueda, descubrieron una galaxia
justo entre ambos cuásares, lo cual confirmó la hipótesis. Ahora ya no se
contempla el fenómeno de los espejismos gravitatorios y la desviación de
la luz y las ondas como un medio para constatar la teoría de Einstein,
sino más bien todo lo contrario. El efecto, tomado como una realidad
perfectamente comprobada, se utiliza como una herramienta más en la
astronomía. En el año 1919, una alumna de Einstein de nombre llse
Rosenthal-Schneider, admirada ante la increíble tranquilidad
con que su profesor acogió la noticia de
que las mediciones hechas durante el eclipse solar de aquel año habían
confirmado la Teoría General, se atrevió a preguntarle cómo habría
reaccionado si hubiese ocurrido lo contrario. La respuesta de Einstein, en
todo jocoso, fue: « En tal caso me habría dado pena el buen Dios, puesto
que la teoría es cierta.,
». Naturalmente, sabía muy
bien que una teoría sólo adquiere validez cuando puede ser confirmada por
los resultados de los experimentos. Pero para él, la Relatividad General
era tan hermosa, tan elegante, tan redonda, que, simplemente, debía ser
cierta. Los resultados del eclipse solar justificaron, por lo tanto,
tamaña seguridad. Varias décadas más tarde, los astrofísicos, con ayuda de
la tecnología más avanzada, han demostrado que su confianza estaba bien
fundada. |